Posiciones inatacables

Ignacio Arsuaga, fundador de Hazte Oír, en su última entrada:

Si nuestro mensaje es tan inatacable que hasta El País decide unirse a Derecho a Vivir, verdaderamente podemos ganar esta batalla.

Yo les dejé un comentario, algo así:

Vuestra posición es perfecta y fácilmente atacable, sólo que desde unos supuestos filosóficos diferentes a los vuestros, que ni son los únicos, ni son los mejores.

Tan ofensiva respuesta, por supuesto, no pasó la criba de la moderación.

Cuando un católico se posiciona en contra del aborto lo hace argumentando que la vida humana sólo dios puede darla o quitarla, y la vida del embrión es vida humana desde el momento de la concepción, porque posee alma humana justamente desde entonces. Y, sin embargo, es un hecho comprobado científicamente que al menos uno de cada tres óvulos ya fecundados no anidan en la matriz, así que son expulsados de forma natural.  Ante eso, se me ocurren varias preguntas que me encantaría que algún católico respondiera:

  • ¿Eso es la muerte de un ser humano? ¿Puede tomar un dios infinitamente misericordioso la decisión de no evitarlo?
  • ¿Esas almas van al cielo? ¿al infierno? ¿al purgatorio? ¿se reencarnan?
  • ¿Deberíamos decir, entonces, que el alma llega al cigoto sólo cuando anida?

En serio, me gustaría obtener la respuesta de algún católico con ciertas nociones de sus propios dogmas.

El Vaticano y los Derechos Humanos

Leemos en cope.es:

El Vaticano celebra el 60 aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos

Y, en publico.es, esto otro:

El Vaticano pide a Italia que respete los derechos humanos de los inmigrantes

Ambos actos por parte del Vaticano resultan de una hipocresía fabulosa. Os recomiendo leer de arriba a abajo un artículo del jesuíta y teólogo de la liberación José María Castillo Sánchez, que podéis encontrar aquí, y del que extraigo, para destacar, un párrafo:

Que los derechos humanos constituyen un problema no resuelto en la vida y en la organización de la Iglesia, es algo que todo el mundo sabe y que los mismos dirigentes eclesiásticos reconocen públicamente, como después indicaré. Por supuesto, sabemos que el Concilio Vaticano II hizo una mención elogiosa de «los derechos de la persona»: libre reunión, libre asociación, expresión de la propia opinión y profesar la propia religión (GS 73). Sabemos también que Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II han reconocido y elogiado el ideal proclamado por la declaración universal de 1948. Pero el hecho es que, hasta este momento, no existe un documento oficial de las autoridades eclesiásticas aceptando públicamente el texto de la Declaración y comprometiéndose a ponerlo en práctica. Y la razón de este hecho es clara: la Iglesia católica, tal como está organizada y tal como de hecho funciona, no puede aceptar el texto íntegro de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Porque no puede aceptar la igualdad efectiva y real de hombres y mujeres. Ni la libertad de expresión y enseñanza sin recortes. Ni las garantías jurisdiccionales en el enjuiciamiento y medidas disciplinarias. Ni la participación de todos los miembros de la Iglesia en la designación de los cargos eclesiásticos. Y la lista de cosas que la Iglesia no puede aceptar, en lo referente a derechos humanos, se podría alargar mucho más.

Leemos también que de los 103 convenios internacionales destinados a la protección de los derechos humanos, el Vaticano ha firmado sólamente 10, menos que Cuba, China, Irán o Ruanda. Entre ellos, no ha suscrito las convenciones en defensa de los derechos de las mujeres, de los trabajadores, las que condenan los genocidios, los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad, la prohibición de la pena de muerte, de la tortura o de los tratos inhumanos o degradantes. La Santa Sede es uno de los estados menos comprometidos en la defensa de los DDHH.

Así que, cada vez que un católico intente argumentar su posición en cualquier asunto (v.g.: el aborto) echando mano de los DDHH, pasadle el vínculo al artículo de J. M. Castillo y recordadle los versículos de Mateo (7,1-5):

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá.
¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: “Deja que te saque la brizna del ojo”, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.