Argumento 1: «No puedes demostrar que Dios no existe.»

Grandes argumentos teológicos de ayer y hoy presenta:

«Dios existe porque no puedes demostrar que no existe.»

(Sí, vale, es el más simple y más pueril, pero por alguno había que empezar, ¿no?)

Aplicación: es aplicable en el caso deísta y en el teísta*.

Nos encontramos ante la falacia lógica argumentum ad ignorantiam, consistente en afirmar la veracidad o falsedad de una proposión basándose en la falta de pruebas que la refuten o confirmen. Tal carencia, sin embargo, es independiente de la autenticidad de lo propuesto.

El contraargumento más adecuado es muy sencillo:

«Tú eres el que afirma la existencia de algo, luego tú debes probarla.»

Esta respuesta se basa en el principio jurídico y filosófico de que el onus probandi (la obligación de demostración) recae sobre el que realiza la afirmación. Es el mismo principio que el de la presunción de inocencia.

Sin embargo, si le echamos un vistazo al último artículo citado de la Wikipedia, nos encontraremos con esto:

«Básicamente, lo que se quiere decir con este aforismo es que la carga o el trabajo de probar un enunciado debe recaer en aquel que rompe el estado de normalidad (el que afirma poseer una nueva verdad sobre un tema).»

Entonces, ¿no sería yo quien debe demostrar que Dios no existe? No, padre, porque yo no afirmo poseer una nueva verdad sobre un tema, sino sólo demostrarte que tú no la posees.

Filosóficamente, esto es suficiente. Si el interlocutor es tan inteligente como para haber comprendido la respuesta (y lo suficientemente poco fanático) habremos conseguido colocarnos en una posición muy favorable en el debate: él debe aportar los argumentos, y nosostros sólo intentar contraarrestarlos.

Hay otra respuesta posible, bastante más divertida:

«Bien, no puedo demostrar que no existe, luego existe. Ahora bien, si tú no eres capaz de demostrar la inexistencia de Zeus, de Afrodita, de Hermes y de todo el resto de dioses, semidioses, ninfas, y bichos varios de la mitología griega, deberías concluir que todos ellos existen, así como los millones de dioses de los hindúes, de los animistas, etc.»

Un cristiano (o monoteísta cualquiera) cegado por la voluntad de creer, podría responder:

«De hecho, existen: son diferentes manifestaciones de Dios.»

Buena respuesta, pero no tan buena:

«Entonces tú puedes ser tan blasfemo como lo eran ellos, ya que no hay ninguna razón para pensar que la realidad de lo sobrenatural (perdón por la paradoja) es la que se te ha revelado a ti y no la que se les reveló a ellos.»

Y. de nuevo, debería admitir que es por pura voluntad que cree en su tradición y no otra, o bien seguir aportando pruebas a su favor.

¡Paz!

*Aunque sé que muchos ya lo sabéis, en un artículo posterior, Coco nos explicará la diferencia entre deísmo, teísmo y otros tipos de creencia en dioses.

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Inauguración

¡Queda inaugurado este blog!

En él, me dedicaré a escribir lo poco que sé sobre filosofía y religión, mayormente. El objetivo no es llegar a grandes conclusiones ni aportar puntos de vista realmente novedosos, sino obligarme a mí mismo a investigar sobre estos temas, y así formarme una visión más completa y crítica. Para conseguirlo, procuraré mantener un ritmo de actualización de un artículo por semana. De vez en cuando, intentaré amenizar esto con un poco de humor, de cosecha propia (el malo) o prestado (el bueno).

Para empezar, abro la serie «Grandes argumentos teológicos de ayer y hoy», en la que intentaré rebatir cualquier argumento que encuentre a favor de la existencia de dios. ¿De qué dios? ¿del católico? ¿del judío? ¿de los hindúes? ¿personal o impersonal? Pues depende del argumento, claro.

¿Quiero decir con ello que considero necesario rebatirlos? ¡Ni mucho menos! Por dos razones:

  • Para que algo exista, no basta con que su existencia sea razonable. Hacen falta pruebas empíricas.
  • Un religioso no cree en dios gracias al argumento que esgrime en ese instante, ni gracias a ningún otro, sino que lo hace por pura voluntad, así que la razón no te ayudará a convencerle de que lo más probable es que esté equivocado; como dijo Thomas Paine:

«Argumentar con una persona que ha renunciado a la lógica, es como dar medicina a un hombre muerto».

¿Por qué lo hago, entonces? En primer lugar, porque me divierte la filosofía, y (el intento de) la teología racional es un tema muy rico. En segundo lugar, relacionado con el segundo de los puntos anteriores, porque los religiosos tienden a pensar que su creencia en dios es razonada, y hacerles ver que no lo es, hacerles admitir que es un puro ejercicio de su voluntad, me produce unos cosquilleos en la boca del estómago…

Sobre el asunto, también nos ilustra el amigo Pat Condell, a quien recomiendo encarecidamente, y cuyos vídeos subtitulados en castellano pueden encontrarse aquí. Véanlo:

¡Paz!